Antártica | RELATO GRÁFICO

El jardín antártico

Un continente para los niños

La Antártica es distinta a sus hermanas continentales. Es tierra plagada de singularidades. Su jardín zoológico haría la dicha de cualquier niño. Hay estrellas de mar gigantes que deben ser tomadas con las dos manos y gusanos de agua que alcanzan los dos metros de largo. Bajo la superficie nadan peces semitransparentes por la inutilidad de los glóbulos rojos en la sangre. La Antártica es la muestra palmaria de la evolución: todos los peces que la habitan son hijos de un antiquísimo pez padre, el nototénido, que fue capaz de crear una proteína anticongelante y sobrevivir.

No se sabe con certeza porqué en la Antártica se producen un gigantismo y un enanismo de ciertas especies. La pregunta es si estas especies, con sus tamaños singulares, son producto del efecto del medioambiente o corresponden a ramas evolutivas que se desarrollaron con éxito en las aguas frías y profundas del continente. 

El Kril

Pero el animal fundacional del jardín antártico es el diminuto kril, un crustáceo que tras un ciclo extraordinario de adaptación, consigue alimentarse de microalgas que habitan bajo los hielos. Millares de ejemplares constituyen el primer eslabón alimentario de la Antártica.

El kril es el alimento de los peces y estos son comida de aves, pingüinos y pinnípedos. Y de estos, a su vez, dan cuenta las orcas y los elefantes marinos. Comer y ser comido, esa es la cuestión antártica.

El kril es alimento de ballenas que los filtran por toneladas al día a través de sus largas barbas. La alimentación es tan escasa que los animales en el suelo helado cambian sus hábitos para sobrevivir: serán casi todos carroñeros y depredadores generalistas. 

El ciclo de vida del kril

Las hembras Kril, grávidas en el verano austral, lanzan sus huevos en las columnas de agua, los que se hunden hasta alcanzar la Corriente Circumpolar profunda. A partir de entonces, el kril comienza su ascenso, pasando por distintas estados larvarios hasta alcanzar su estado adulto, en el que se alimenta de microalgas bajo el hielo marino.

Una de las características del continente es que tiene escasa variedad animal, pero sí muchos individuos. El hábitat glacial es inhóspito a tal extremo que son muy pocas las especies que lo resisten, pero cuando lo consiguen y se adaptan, se reproducen en forma extraordinaria. Es la estricta aplicación de la ley de conservación de la especie. 

El señor Pingüino

En la Antártica, solo sus costas están pobladas. La vida se engendra en el ruidoso encuentro de mar, espuma y roquerío. Hacia el interior del continente toda vida se repliega. De las cinco especies de pingüinos que habitan la Antártica, solo el pingüino emperador viaja hielo adentro a poner y empollar un único huevo. Es el viaje de una bandada majestuosa que hace honor al rango del ave. Los pingüinos van enhiestos, paso a paso, y se arremolinan enormes, protegiéndose de los feroces vientos catabáticos. En esas condiciones inclementes nacen los polluelos más atrevidos del reino animal.

El señoría bajo el agua

Bajo las aguas frías de la Antártica tiene lugar otra danza tan llamativa como dramática. Las orcas y las ballenas cuentan con un reino a su disposición. La belleza y la audacia de sus contorsiones atraen a los camarógrafos submarinos a participar de una danza que es funcional a la caza, a la búsqueda de comida y a la muerte.

Belleza y fragilidad

Las condiciones extremas del continente nos confunden. Tanto su extensión como la radicalidad de las temperaturas y la energía desplegada en sus tormentas hacen que el territorio antártico parezca invulnerable. Pero no es así. La Antártica depende de un delicado equilibrio de temperaturas, de aislamiento y de una atmosfera prístina. En la medida que estos factores se alteren, el continente se afecta. Y lo que a la Antártica le ocurra, afecta al resto del globo.

Bibliografía