Geografías | RELATO GRÁFICO
Las balsas de cuero de lobo fueron una de las tecnologías marítimas más sorprendentes desarrolladas por los changos del norte de Chile.
Cuando llegaron los navegantes europeos a la bahía de Taltal, les llamó muchísimo la atención la hechura de las balsas de cuero de lobo.
Tenían razón.
Si se tiene en cuenta los materiales de que disponían y el alcance de su navegación, se trata de una obra de altísima tecnología.
El diseño de las balsas de cuero de lobo permitía navegar con estabilidad incluso en fuertes rompientes. Se trata de dos grandes flotadores de pieles de lobo marino con forma de tubo y amarrados en la parte superior.
Para amarrar la piel, por su costado atravesaban el cuero con espinas de cactus, y apretaban la juntura con un cordel de algodón en forma de zigzag. Todo el cuero y las uniones eran calafateadas con un almagre de tierras rojas mezcladas con grasa del mismo lobo. Ese menjunje impermeabilizaba y endurecía los cueros hasta dejarlo con la consistencia de una goma dura.
Sobre los flotadores echaban una estera de cañas que amarran con cueros a los odres.
Pero no sólo se trataba de un artilugio de navegación ingenioso.
Cuando llegaron las grandes clíperes salitreros, y aun no había muelle en los puertos, fueron estas balsas de lobo las que resolvieron la carga de los barcos.
Los lanchones de madera no podían superar el estallido de la ola sin vararse, romperse o volcar la carga. La balsa, en cambio, era un armatoste que se deslizaba bien en la resaca y se alzaba sin problema por sobre la rompiente, sin mojar la carga. Luego, se atracaba al lado de las lanchas, y estas la llevaban al clíper
Un cronista de la época, William H. Russell, viajero impenitente, escribió lo siguiente cuando llegó al puerto:
“El carguío de salitre se hace por medio de balsas de pellejos de lobos marinos que lo conducen hasta las lanchas i estas a los buques. Estas operaciones son peligrosas. Durante nuestra estadía en el puerto se ahogaron dos individuos estrellados con sus balsas contra las rocas”.
Al amanecer, las balsas se alineaban a lo largo de la playa frente a las bodegas. Allí, cada jornalero se echaba al hombro sacos de 300 libras, es decir 138 kilos. Esto es tan asombroso como inhumano. Es casi cinco veces más de lo que se carga hoy.
Cinco sacos constituían la carga de cada balsa y se requería mucha destreza para botar los sacos sobre la plataforma.
Así se cargaban unas dos mil toneladas por día. El proceso era eficaz.
Las balsas también sirvieron para el carguío de cobre y guano, tanto como para la descarga de carbón y mercaderías de la ciudad.