Geografías | RELATO GRÁFICO
Para el buen orden de los cruces de la cordillera planteados en el libro En Busca de los Comienzos de Chile, y en sus respectivos QR, doy a conocer un resumen de los cuatro Pasos cordilleranos que abordo. Dichos de Norte a Sur son los siguientes:
Pasos tales como los de Visviri, Parinacota, Colchane, Ollagüe, Jama, Sico, Socompa y otros tantos senderos no oficiales, fueron pasos que tuvieron su momento de oro en dos ocasiones. Con motivo de la explotación minera de Potosí, en el 1600 y 1700, y luego, con el floreciente, aunque breve, auge de la minería del salitre a finales del siglo XIX y comienzos del Siglo XX. A los efectos de este libro hay que distinguir que el Paso de Chungará /Tambo Quemado fue muy importante en la cosmovisión barroca: por ahí se despacho el mineral de Potosí.
2. Paso Comecaballos
Es por el lugar por dónde cruzó Diego de Almagro en su venida a Chile (abril de 1536). Otros pasos en las cercanía son Pircas Negras y la Ollita.
Por aquí también cruzo una columna del Ejercito Libertador que partió en La Rioja (Argentina) y cayó sobre Copiapó. La comuna Zelada Dávila (febrero de 1817) .
Desde un punto de vista histórico este es el principal paso fronterizo de nuestro país por los dos cruces mencionados. Desde Argentina, se toma en la provincia de La Rioja y desde Chile, por la región de Copiapó.
3. Paso Valle Hermoso (Los Patos)
Principal paso del Ejército Libertador (Febrero de 1817). En esta columna vinieron San Martin y O’Higgins con el grueso del Ejército.
Otros Pasos en el área son Las Llaretas y quebrada Honda. Desde Argentina, se toma en la provincia de San Juan (Barreal), y desde Chile, en la región de Valparaíso V Región (Putaendo, Resguardo de Los Patos).
4. Paso Uspallata (Portillo- Mendoza)
La segunda columna del Ejército Libertador en importancia. Es actualmente el paso de mayor afluencia de personas y carga, y fue también el Paso más transitado antes de la independencia, por la cercanía con Santiago y Valparaíso, y por la importancia de Mendoza en la región de Cuyo.
A continuación veremos el Paso de Uspallata, y su ferrocarril Transandino, y el conjunto de los pasos del norte, pasos de la Región de Tarapacá y Antofagasta, que tanta importancia tuvieron durante el apogeo del salitre.
Mirada desde el avión la cordillera parece una mole ancha e impenetrable. Da un cosquilleo imaginar las alturas que alcanzan las montañas y los vientos gélidos que se cuelan en las quebradas.
Pero desde tiempos inmemoriales las tribus indígenas de lado y lado, sabias de las extremidades cordilleranas y sus leyes inmisericordes, lograron franquearlas y hacer comercio y cambalache
Para esos primeros caminantes, la cordillera no era una frontera de naciones, con aduana, distintas monedas, autoridades y regímenes legales. No; la cordillera era una escalera a la que se debía subir y bajar con oficio, ritos y respeto.
Se dice que el tránsito en la cordillera tuvo cinco eras: la pre inca, la inca, la de la conquista, la colonia y la época republicana. Si, así fue, pero los senderos fueron básicamente los mismos. Solo cambio la mercadería y el espíritu de los caminantes
Hasta que llegó el ferrocarril de Buenos Aires a Cuyo, en 1880, todo el comercio de esas provincias se hacía por Chile.
El cruce de la cordillera, eso sí, era bello, pero también pavoroso. Un ejemplo fue el caso de Ambrosio O’Higgins. Cuando llegó a Chile, venía por Argentina y en el atravieso cordillerano se despeñó uno de los guías. O’Higgins padre nunca olvidaría esa experiencia. Como gobernador, mandó a construir lo que hoy se conoce como las Casuchas del Rey: una serie de refugios que ofrecían resguardo en la huella de Uspallata y Portillo.
Aún están algunas de esas casuchas medio ruinosas. Solitarias, permanecen mudas. Sólo esos viejos ladrillos saben cuántas vidas salvaron del congelamiento y la inanición.
Primero fue el de Buenos Aires a Mendoza. Eso hizo que las provincias argentinas miraran al Atlántico. Se ahorraban el cruce de la cordillera y podían comerciar todo el año.
Pero los políticos de entonces, de ambos países, tenían buena visión. El ferrocarril debía seguir a Chile. Se trataba de unir, no solo provincias de un país, sino países. Chile y Argentina.
Así fue. Cinco años después, en 1885, se iniciaron los trabajos de la construcción del Transandino. Pero el asunto no fue nada fácil. La cordillera era una tarea brava. Se demoraron veinticinco años en construirlo. Una obra de ingeniería monumental. Incluía estaciones, hoteles y, por supuesto, un túnel a 3100 metros de altura.
Bella obra.
Después de la independencia de Chile y antes de la Guerra del Pacífico, cuando de Taltal al norte el territorio era boliviano, la mina de Potosí despachaba sus metales y recibía suministros por el puerto de Cobija, hoy no más que unas pocas ruinas.
Entonces, Calama y San Pedro de Atacama eran los oasis que permitían descansar y apacentar el ganado de mulares y bovinos que atravesaba cordillera y desierto.
La altura de la cordillera, sumado a la carencia de pastos en ambos márgenes de los pasos, constituían un desafío logístico tremendo.
Los arrieros sorteaban la sequedad de Atacama descolgándose por quebradas en las que hubiera algún verdor.
El pasaje de los arrieros con sus mulares y vacunos fue creando caseríos en las quebradas y luego pequeñas iglesias con sus santos patrones que permanecen hasta hoy.
La Guerra del Pacífico cambió radicalmente las cosas.
La industria del salitre comenzó a crecer a cifras inimaginables. Miles de obreros llegaron a la pampa a trabajar el caliche, y para esos efectos, se levantaron ciudades en medio del desierto. El problema logístico fue tremendo. Estas poblaciones debían ser abastecidas de lo más elemental: agua y alimentos.
Curiosamente, una parte importantísima del suministro alimentario no venía de la zona central ni el sur de Chile, sino de Salta, Argentina. Y no se piense que se trataba de cosas menores. El año 1913, por ejemplo, Aduanas registró el despacho de ¡casi 30 mil vacunos ese año! Esto, más los correspondientes mulos y caballos que acompañaban la jornada.
Los arreos debían ser hechos entre septiembre y mayo de cada año. Se llevaban no más de cien animales para no agotar las vegas de las quebradas. La cosa no era simple. Los vacunos debían ser herrados para que la larga peregrinación por el desierto no les limara las pezuñas.
Pero hay algo mas…
Estoy cordillera arriba de Vinchina (La Rioja, Argentina), buscando el paso de Almagro a Chile, y me encuentro con una seguidilla de refugios cordilleranos construidos la segunda parte del siglo XIX.
La idea era ofrecer amparo al arreo de vacunos desde La Rioja a Copiapó, y en particular, a Chañarcillo. El suministro era clave para sostener la explotación de es enorme mineral de plata en Chile, que operó desde al año 1830 hasta finales del ochenta. Es decir, unos cincuenta años y justo antes del salitre.
En Argentina, a este sendero tropero lo llaman El Paso de la Torada.
Los refugios son una obra notable. Son bellísimos; imitan el nido del hornero, pájaro que construye su casa a punta de pizcas de barro que traslada en el pico. El pajarito ama los postes eléctricos, logrando en ellos una admirable obra de ingeniería de resistencia.
Los refugios son catorce y fueron construidos ente 1860 y 1870 por los presidentes argentinos Mitre y Sarmiento.
Este último sabía bien de qué se trataba el temible atravieso cordillerano. Estuvo muchos años viviendo en Copiapó, trabajando en la época de Chañarcillo como un obrero más. Curioso personaje.
Para construir los refugios, fueron contratos dos hermanos italianos de nombre Zanatta, que tenían la experiencia y los cojones de vivir meses en la cordillera. Ellos, a su vez, trabajaron con un obrero cosaco experto en construcciones bajo cero. Había en los alrededores un pequeño yacimiento de cal que, previo horneada de la cal, aprovecharon como amalgama para la construcción.
Parecen pequeñas capillas. Son verdaderamente bellos.