Antártica | RELATO GRÁFICO
La Antártica es anecúmene. No hay vestigios de vida humana en el continente. En la Antártica todos somos extranjeros. Nadie puede decir: «los huesos de mis ancestros reposan aquí».
¿Quién fue el primero que murió en la Antártica?
La pregunta no es fácil de responder. Se desconoce la suerte de los barcos que avistaron o llegaron al continente y no consiguieron regresar. De la expedición española, la mencionada San Telmo, sólo se encontraron maderos y fierros retorcidos, pero de restos humanos, nada.
Los restos del San Telmo se encontraron en la isla Livingstone.




En esa misma isla, en 1985, una expedición científica del Instituto Antártico Chileno (INACH) dio con un cráneo semienterrado en cabo Shirreff.
La calavera estaba bien conservada por el frío. Se hallaron también algunos huesos humanos esparcidos debido al probable merodeo de lobos de mar y aves carroñeras.

Los huesos se llevaron a Punta Arenas para hacerles pruebas de ADN. El examen dictaminó que “el cráneo hallado en playa Yamana pertenece a un individuo de sexo femenino, adulto joven, cuya edad aproximada es de 21 años. El tipo racial es mestizo”. Punto final. La ciencia no nos dice nada más.
Lo que sigue es un supuesto con fundamento: posiblemente sean los restos de una joven mujer mestiza de una de las razas australes y de un lobero europeo. Había muerto a comienzos del 1800. Se supone que al morir tenía unos veintiún años. ¿Cuál habrá sido la historia de esa mujer?
Los barcos de los cazadores de lobos y focas hacían escala en Punta Delgada para abastecerse de provisiones para el trayecto a la Antártica. Hoy se cree que probablemente llevaban mano de obra nativa para ayudarlos en sus faenas de caza.


Entre los científicos llamaron “Panchita” a esa joven mestiza. El apodo es simpático pero, visto el asunto con perspectiva histórica, su caso puede haber tenido un significado terrible. Es posible que esos restos pertenecieran a una joven arrendada, tomada o entregada para la asistencia y diversión de la marinería. La chica debe haber muerto en el viaje y los hombres, probablemente, se deshicieron de su cadáver dejándolo insepulto. El viento antártico se apiadó de ella. La nieve fue cubriendo su cuerpo y preservó su pasado.

